Sobre el autor Juan Restrepo

La obra de Juan Restrepo

Por Darío Ruiz Gómez

Más de veinte libros de poesía escritos en el mayor silencio. Como única tarea, disimulada en las labores cotidianas, este eco de los días, ecos de noticias perdidas donde se asoma imprevistamente el rostro de los viejos dioses, el hilo extraviado de los viejos relatos. En ese sentido es preciso señalar en esta poesía algo importante: su alto grado de intemporalidad, alcanzado mediante esta escucha de lo inescuchable, de aquello que alienta en lo indecible. Lo cual señala una inmensa virtud en estos tiempos donde el éxito editorial se confunde con la calidad literaria: el saber colocar antes la poesía que los datos personales del poeta en un país donde el atraso cultural se pone de manifiesto en la persistencia de inventadas aristocracias del pensamiento, heredadas y confinadas por la supuesta minoría de siempre.

Borrar los datos personales es hacer entender que lo que cuenta como experiencia no es la biografía sino ese hilo que el poeta ha rescatado de la locuaz voz de los tiempos. La supuesta premisa de que la poesía debe estar ungida al presente y debe ser huella y testimonio de éste es propia aún de cierta literatura nacional, pero aquí, en el caso de Juan Restrepo, la relación se establece con el único interlocutor válido: la poesía que no ha dejado de estar en el mundo, por encima de las cronologías establecidas por la Historia. De ahí que la noción de intemporalidad no constituya una huida de la realidad sino lo contrario, el adentrarse en la única realidad posible a la poesía, que no es otra que ella misma. ¿Dónde más estarían las geografías de la memoria, los templos de la sabiduría, la palabra que se hace eufonía al incorporarse, naturalmente, al paso del viento?

Restrepo ha decantado las metáforas con que el surrealismo puso a flote la otra visión, la otra realidad alojada en el sueño, entrevista en el duermevela. O sea la otra gramática de vida en los ojos del subconsciente: aquello que no sabíamos que éramos nosotros y que gracias a la articulación poética de estas imágenes nos va descubriendo la sombra que vibraba detrás de la lógica diaria, como un presentimiento.

Se entiende que el método seguido no es el del azar ni el de la llamada escritura automática, ni mucho menos el del extravío, sino el más difícil: el de la lucidez que brota del resplandor de la vigilia y va descubriendo sin sobresalto, sin ofensa alguna, aquello que duerme en nuestra alma cautiva por la nostalgia del orden antiguo. La mirada es así la de aquel que está suspendido en el aire y mira la lontananza, las miles de pequeñas olas que rizan el mar original. Antes de emprender el vuelo, antes de la alucinación ante lo que discurre ante los ojos de esta alma: la lucidez es entonces una estrategia ante las trampas del destino, ante el chantaje del dolor. Si digo presentimiento es porque esta poesía ha sabido mantenerse en el umbral, ha escogido el umbral no por temor a dar el paso hacia la exterioridad o para retroceder hacia la penumbra bienhechora sino porque mantenerse en el umbral significa carecer de párpados, significa dejar la palabra en el reino de la imagen sin que la destruya la iniquidad de una gramática.

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Última actualización: Lunes, Abril 13, 2015 8:27 AM
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