Entrevista de la autora: Susana Henao

 

Por: Mirot Caballero.

 

¿Cómo fue su inicio en el mundo de  la literatura?

Mi primer libro Crónicas de Temis, lo terminé en 1987 cuando tenía 33 años y no 15 años antes cuando la mayoría de autores inician. Yo había estudiado química, inspirada por el oficio de mi padre que era farmaceuta en Quimbaya, el pueblo donde nací. Aunque siempre fui buena lectora  la literatura no se veía como una opción. En los pueblitos, más en aquel tiempo, la intelectualidad era romántica y existía una enajenación alrededor de los artistas y una imaginación negativa, casi terrorífica del artista caído en desgracia, del artista que sufre en la creación, que toma ajenjo y fuma opio. Nadie entonces lo impulsaba a uno por el lado de las artes. A veces siento que en aquella época me hizo falta alguien que me guiara y me diera un impulso.

 

¿Se considera entonces una autora de vocación tardía?

No, la vocación existía. De oportunidad tardía más bien. De todas maneras esos quince años nohacen falta dado que los llené con experiencias muy valiosas como la que viví con mi hijo Esteban, quien nació con problemas cognitivos. Esta experiencia me dio una perspectiva de la vida muy distinta a la que tenía yo como una joven criada en un pueblo campesino y con un pasado tan feliz. Tenía veinticinco años en aquella época  y nunca imaginé encontrarme con el dolor de esa forma. Mi vida comenzó a pasar más en los hospitales que en la casa viendo a niños sufrir y morir, era terrible. De algún modo fuimos pasando esos momentos y en los instantes de sosiego pude leer mucho: colecciones enteras de ciencia ficción, cuentos y libros de arte, entonces esa época no la perdí para la literatura pues leí muchísimo.

 

Nunca ejerció su carrera de química, pero emprendió el estudio de una nueva carrera como licenciada en filosofía ¿De qué manera influyeron estos estudios en su formación literaria?

Para entonces yo ya había publicado y había ganado el Premio Aniversario Ciudad Pereira en 1990 y poco después el Concurso Risaraldense de Escritores. En 1995 se publicó Los hijos del Agua, después de que esta obra ganara un premio literario de narrativa en el Gran Caldas. Pero por entonces, mi motivación para cursar estos nuevos estudios fue que la filosofía me sirviera para mejorar la perspectiva con que me enfrentaba a la literatura, mis historias y personajes. La carrera logró apasionarme a los problemas más generales del lenguaje, más que a la literatura en sí misma. Aún hoy estos siguen siendo mis problemas fundamentales, y de hecho siento que lo que le da unidad a mis libros es que todos abordan problemas del lenguaje, es decir, en cada uno de mis libros hay una exploración de un lenguaje alternativo a la racionalidad, un lenguaje alternativo al lenguaje escritural. Por ejemplo, Crónicas de Temis y Antesala al paraíso son libros que exploran el habla campesina de los habitantes de mi región. A veces los cuentos de estos libros se ven como relatos que proponen la oralidad como tema, pero en la oralidad pasan muchas cosas, la forma de hacer referencias, la forma de contar el tiempo, que no es “hace dos o tres años” o, en la fecha tal, sino “cuando los marranos valían tanto”, estas son formas alternativas al decir de la racionalidad. Igual sucede con Memorias de un niño que no creció, un libro en donde se propone el lenguaje del afecto como una alternativa al racional, y con Los hijos del agua, en el cual también se propone una alternativa en este sentido, pues busqué que el narrador fuese muy semejante a uno de los personajes, que la mentalidad de quien narra fuera acorde con el relato de este mundo indígena que se recrea en la obra. Algo similar también ocurre en Crónica Satánica, donde el que habla es el Diablo, por lo que tuve que preguntarme cómo es la manera en que éste habla. Al principio consideré que el narrador fuera Dios, pero lo descarté porque se supone que el habla de Dios al tiempo que nombra crea y este me pareció un reto muy difícil de llevar a cabo desde la escritura, por lo cual me decidí por el Diablo, pero igual tuve que vérmelas con un lenguaje abarcador que contempla al mundo desde una perspectiva mística. La apropiación de todos estos problemas alrededor del lenguaje es la razón por la cual siento que pertenezco a la corriente del giro lingüístico, donde el lenguaje juega un papel fundamental para configurar y conformar nuestro pensamiento, nuestro accionar y la forma en que nos instalamos en el mundo.

 

Más allá de las preocupaciones en torno a la naturaleza del lenguaje ¿Cómo fue el proceso investigativo detrás de una obra como “Crónica satánica”?

Lo primero fue la lectura de la vida de Josefa del Castillo que ella misma escribió y los estudios de otros autores. También visite su convento en Tunja, la celda en que vivió y las iglesias que frecuentó. La parte correspondiente a Pereira la realicé a través de una observación del fenómeno del satanismo en la ciudad y la figura de Héctor Escobar, tomé apuntes de relatos que el mismo me contó y me imaginé un grupo de personajes que vivían a partir de esta manera de pensar, además tomé a algunas personas reales como modelo de otros personajes. Crónica Satánica fue escrita con el apoyo de una beca de creación literaria del ministerio de cultura, pero tan solo fue publicada años después, cuando me gané con ella el Premio Aniversario Ciudad Pereira.

 

Orlando Mejía la inscribe en lo que él llama “La generación mutante”. Una de las características representativas de este grupo consiste en asumir una postmodernidad literaria desde su propio contexto, sin que esto signifique un calco o copia de la postmodernidad literaria europea ¿Se identifica con la incursión de su obra dentro de esta categoría?

Si, valoro sobre todo el estar dentro de una generación que actualmente produce literatura que asume la realidad latinoamericana y su forma de vivir. En mi caso está Los hijos del agua, que en un principio iba ser un libro para niños que tuviera que ver con nuestro pasado. De hecho quería hacer un cuento, pero terminó siendo una novela ya que el mundo que encontré fue muy amplio y rico, lleno de datos pero al tiempo bastante escondido. Esta fue la primera obra que comencé a escribir, incluso antes de las Crónicas de Temis, lo que pasa es que me demoré para publicarla. Duré dos años investigando y dos escribiéndola. Me había planteado la idea de que fuera el viaje entre un anciano y un niño, así que comencé a explorar el mundo chibcha. Visitaba todos los días la biblioteca del Banco de la República de Pereira cuando esta llevaba poco tiempo de fundarse hasta que terminé la investigación, finalmente fui al Archivo Nacional en donde encontré un manuscrito del diccionario de la lengua Chibcha que complementó mi trabajo. Por entonces trabajaba con niños especiales en el Instituto de Audiología de Pereira y vivía por fuera de la ciudad. Ese día mi esposo olvidó recogerme para el almuerzo y tuve que quedarme en una cafetería, y ahí mismo aproveché la ocasión para comenzar a escribir en una libreta lo que sería Los hijos del agua. Y fue así cómo empecé dos años de escritura continua que culminaron con la realización de esta novela.

 

Usted plantea en esta obra un relato acerca del mundo indígena que se aleja de la tradición indigenista que se venía haciendo en Latinoamérica. ¿Buscaba intencionalmente generar una ruptura?

Siempre he pensado que la literatura justamente permite explorar las dos caras de un mismo asunto. Yo no iba a endiosar una cultura simplemente porque estaba desaparecida, y no iba a ponerles únicamente características positivas a los personajes por el hecho de ser indígenas. Para mí, cualquier personaje, sea del pasado o del futuro tiene que tener humanidad así como la tenemos nosotros. Entendí que la interioridad de ellos lidiaba también con tentaciones y con múltiples propuestas del ser.

 

Volviendo al texto de Orlando Mejía sobre “La generación mutante”, encuentro que otro de los rasgos comunes que señala este autor en los narradores de esta generación, es su búsqueda por construir una memoria propia sin tener que recurrir a la de otros autores. En este sentido ¿Cuál es el elemento que constituye su memoria particular como narradora?

El recuerdo de mi pueblo y los campesinos que vivían ahí. Cuando ellos pasaban por mi casa, en donde había una farmacia y un almacén, yo notaba que ellos tenían otra cosa diferente en la cabeza, escuchaba su habla y me parecía que había magia, hablaban por ejemplo de un niño enfermo y se referían a hechizos o maldiciones, otras causas y efectos, lo cual hasta el día de hoy me asombra y causa curiosidad. Actualmente viajo a muchos pueblos y comunidades indígenas que están matriculadas en el programa de pedagogía infantil de la Universidad Tecnológica de Pereira. A mí me encanta oírlos, a veces les pido que lleven un cuento popular que leen al finalizar las jornadas. Al principio son muy acartonados y leen la versión de un recopilador sobre la llorona o el mohán, pero cuando se sueltan y cuentan como se les apareció la madre monte, cuando el enano entró, cuando lo vieron y se escondió, o cuando la Viuda alegre les pegó un susto, yo siento que entonces todo este trabajo vale la pena porque veo que hay otro mundo circulando ahí, que hay otras ideas de mundo siendo el referente de su entorno, otras operaciones mentales, otras formas de habitar el mundo.

 

Otro tema frecuente en su obra es la literatura infantil ¿De dónde nace esta preocupación?

Si, la literatura infantil es una de mis grandes preocupaciones, pero solo Memorias de un niño que no creció y la obra en que estoy trabajando ahora pertenecen a este género. Esta preocupación la he desarrollado más desde mi rol como profesora en el programa de pedagogía. Autores como Jerome Bruner y Martha Nussbaum han puesto la literatura en un lugar fundamental al proponerla como la gran constructora de mundos que los seres humanos luego podemos habitar. De esta manera, mientras la literatura no cuente las historias de una comunidad, como por ejemplo la comunidad homosexual, no es posible hablar de un espacio propio para estas comunidades dentro de la sociedad. Es la literatura la que nos abre paso hacia lo que nosotros podemos aceptar como un modelo válido para vivir, fuera de lo marginal. Entonces, si la literatura posibilita modelos de mundos, nada mejor para formar niños que esta.

 

¿Tiene entonces una función ética y pedagógica la literatura infantil?

No es solo lo pedagógico. Al niño hay que posibilitarle el espacio de consuelo que brindan los libros. A mí por ejemplo, cuando leo Lo que el viento se llevó, me consuela el dicho que tiene uno de los personajes cuando dice “mañana será otro día”. También puede suceder lo contrario, cuando por ejemplo leemos la frase “Todo es susceptible de empeorar”  en La familia de Pascual Duarte de José Camilo Cela. En todo caso la literatura tiene esa capacidad de hacerlo sentir a uno lo más pavoroso como lo más dulce. Ser capaz de hacer eso para los niños, en un nivel tal vez menos dramático, resulta una tarea importante.

 

¿Qué viene ahora en su obra? ¿Qué proyectos literarios tiene?

Me gustaría contar una historia de la Colombia contemporánea, pero no del narcotráfico y los grandes procesos, sino de la vida privada y la cotidianidad. Rescatar nuestra cotidianidad de la inmediatez, de los pequeños delitos de cada día en los que nos hemos sumergido a falta de apasionarnos por algo, pues  pareciera que hoy ya nadie mortifica nada, ni el espíritu ni la carne.

Última actualización: Martes, Septiembre 23, 2014 2:39 PM
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