Sobre el autor Carlos Alberto Castrillón

Las abluciones del poeta

En 2010, Carlos Castrillón (1962) publicó el Libro de las abluciones, en la colección 50 poetas colombianos y una antología, de la editorial tolimense Caza de libros. 

Siete años antes, Tramar ediciones, sello dirigido por los poetas Gustavo Rubio y Luis Eduardo Isaza, dio a la imprenta Compendio de virtudes y (alabanzas), tercer poemario del docente universitario. Miembro de una generación doblemente significativa por ser la primera nacida en el Quindío, antes los doce municipios del hoy pequeño departamento pertenecían a Caldas, y por vincular su trabajo intelectual al ámbito académico, Carlos Castrillón es sin duda, y a pesar suyo, el oráculo de la comarca. Sus opiniones sobre los literatos que lo antecedieron son, debido al rigor de su trabajo pero también a la falta de otras miradas, material de obligada consulta a la hora de abordar la bibliografía quindiana. A finales de los ochenta, junto a Juan Aurelio y Jorge Iván García, funda en Armenia el Grupo Sonorilo. Por esas fechas circulan en Calarcá Kanora y Termita, revistas en cuyas páginas aparecieron los nombres hoy reseñables de la vida artística local: Elías Mejía, Martha Lucía Usaquén, Gloria Inés Rodríguez, José Nodier Solórzano, Fabio Osorio, Carlos Alberto Villegas, Humberto Senegal, Orlando Montoya y un etcétera más bien corto.

El poemario en comento está dividido en cuatro secciones, una de ellas dedicada al haikú, forma poética japonesa introducida al Quindío por Humberto Senegal. Allí, Castrillón despliega una colección de fotografías tomadas al calor de un instante juzgado como decisivo –no encuentro mejor manera para hablar del Libro de los motivos que utilizando la muy socorrida teoría de Cartier- Bresson. 

En una lectura inicial la sensación predominante es la de asistir al espectáculo de un ironista jugando a modo de inocente divertimento con materiales conocidos gracias a cierta inclinación por el exotismo. El mencionado ironista decide sacar conejos de la chistera ante un auditorio acostumbrado al romanticismo tardío de Baudilio Montoya, a la pirotecnia metafórica de Julio Alfonso Cáceres o al hermetismo de Juan Restrepo. Sin embargo, tal cosa lo es sólo a medias. Sí, en efecto, hay haikús divertidos, siendo la naturaleza de estos la contemplación casi paisajística en clave urbana sin menoscabo de las exigencias formales del género. Pero los hay también fieles a la tradición. Aunque sin llegar al humorismo fácil de Guillermo Gavilán, Castrillón acomete antihaikúes desacralizantes: miro con atención/ no es tan blanca/ la luna; hipertextuales: la tumba de Cavafis/ es la Ítaca original/ dice el peregrino. 

A otros, respondiendo al imperativo de los puristas, les imprime un tono rural: leña para el fuego/ anochece/ en las casa de los vecinos. El momento culminante del conjunto combina la práctica campesina de medir la distancia a partir de rasgos del caminante con el aislamiento y el anonimato, marcas distintivas de la ciudad: fría la sopa/ mi casa/ a mil tabacos de distancia. Estos versos conectan con la soledad del yo, obsesión expresa en la poética de Carlos Castrillón. Dicha experiencia casi siempre asume la vestimenta del fracaso sentimental originado por la impostura y el paso del tiempo: cuando se conocieron/ él aseguró que le gustaba la música/ (…) Hoy la luna pasa por la noche/ sin dejar huella. No obstante, y contrario a lo expuesto por Diego Pineda, Castrillón no ironiza al respecto, simplemente deja constancia de un abandono buscado porque la mujer, la imagen de la mujer presente en su obra, no llena el vacío bellamente descrito en Problemas del hombre contemporáneo. A fin de cuentas, la única felicidad que le interesa al poeta está a menos de dos metros de distancia.

Mientras para Elías Mejía la hembra cobra las características de la femme fatal del cine negro, léase sino la descripción del Poema de dieciocho quilates, para Carlos Castrillón es una elusiva sombra en la cual toman forma sus referentes librescos, ahí están los gatos dispersos en la falda e Hipacia, la hereje, para corroborarlo. Mientras para Humberto Senegal lo femenino se restringe a una cavidad anal –Amada, entrando por entre tus nalgas de durazno… (Afrodisia)– y para Juan Aurelio García ese misterio tiene el rostro dual de Rossi y la sierra, para Castrillón es una revisitada Cenicienta dormida en espera de la segunda erección.

 

Tomado de: Crónica del Quindío

 

Última actualización: Martes, Abril 14, 2015 9:00 AM
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